De cuentos y abuelos

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abuelosy nietosHace unos años escribí este cuento para Estilística y Narrativa, asignatura que recibí en la carrera de Periodismo. Se lo dediqué a mi abuelo paterno por el inmenso cariño con el que siempre lo recuerdo; pero, en realidad, mi cuento nunca llegó a ser tal porque según, el profe era apenas un retrato. Hoy lo releo y casi casi me avergüenzo porque no tengo aptitud alguna para cuentista y me percato de que  a veces no basta el amor, se necesita inteligencia, talento y, sobre todo, buen gusto para escribir con arte; ese, claro, no es mi caso. De todas formas, lo pongo a consideración de quien lea esta página, pues significa mucho para mí.

 Hoy, 14 de abril de 1924, nace Santos Roque. En un lugar cualquiera, un día común. Sin estrellas, ni victorias. Es el segundo hijo de un matrimonio joven que aún no consuma el hogar. El pequeño de ojos clarísimos nada vaticina sobre cuántos hermanos menores debe cuidar luego, ni de las tantas veces que su desvelo velará por ellos. El carácter recio, a veces inflexible, del varón primero pone límite a las risitas picarescas de los pequeños. Quizá por eso, cuando ellos se apodan entre sí Cutite, Nine, Fico o Chicha, él siempre responde a Santos, un nombre que si no lo caracteriza a la perfección, dice mucho sobre su persona.

 El niño crece, los hermanos también. Pasa  indetenible el tiempo una y otra vez rompiendo todo ciclo, construyendo nueva historia. Las aves escapan del nido. Escasean posibilidades de mejor vida.  El trabajo  obliga a no rechazar insospechadas propuestas. No obstante, el ímpetu de los años naciendo llega aún más lejos. La ciudad natal, Colón, queda ya remota. Nuevos caminos indican La Habana. Resultan intransitables. Aguada de Pasajeros es el lugar elegido por el empuje del destino. Corren los años 60, no hay tiempos mejores ni en la Revolución ni en la República.

 Ahora tiene casa, o mejor, un lugar donde vivir porque el hogar apenas semeja una mugrienta cuartería de madera. ¿Esposa? Una trigueña aficionada al café, llena de resabios, pero con una pulcritud admirable. Como mujer, sabe cuidar de lo poco y dedica todos los cuidados a dos varoncitos, por cierto, bien distintos.

 Con sexto grado de escolaridad, un regalo inconcluso del nuevo gobierno, Santos dibuja los planos de la casa anhelada y la hace, así, a su gusto. Tiene por toda propiedad un camión con la parte de atrás de madera. Por ello, el municipio le nombra a sus espaldas Caja de Palo. Nadie osa burlarse de frente.

 Reúne centavo a centavo para comprar en la capital una camionetica moderna. Unos familiares le acompañan. En el camino, el lamentable accidente.  El dinero desaparece. ¿Una mala jugada de la familia? Nunca lo sabe. Permanece inmóvil en cama más de un mes por las consecuencias del choque.

 La vida continúa. Llegan los nietos. Todos queridos, algunos amados. El único varón desarma la rectitud de los abuelos. No faltan dulces, las carretillas hechas con recortes de tablas, los paseos al campo, las pinturas improvisadas en el cuaderno de clases…. la dedicación. De la nieta, recibe el poema para el cumpleaños, la súplica por el cuento que no sabe y por fortuna, inventa.

 

 Su último oficio consiste en tirar de un caballo tuerto. En su carretón  lleva la carga pesada a cualquier vecino por algunos pesos o una dádiva, de acuerdo a la fortuna del necesitado. Los hijos sufren su trabajo, le regañan. Se ha caído varias veces. No pretenden esperar males mayores. Sin embargo, el Período Especial exige unos trotes más para la manutención de la reducida familia

 Las semillas sembradas dan buena cosecha: un lugar decente en el mundillo social de Cienfuegos. A pesar de las comodidades, Santos no encuentra acotejo. Ninguna ocupación consigue entretenerlo en medio de la ciudad. A su edad, no cultiva el hábito de leer periódicos o ver la televisión. Para vivir, necesita el trabajo que su cuerpo ya no le permite hacer. Así transcurren sus días finales en un completo agobio de aburrimientos.

 Hoy, 22 de junio de 2007, muere Santos Roque. En una sala de hospital, en un mediodía cualquiera. No es un héroe de la patria, ni mucho menos, pero es mi abuelo. Y su recuerdo me enseña a vivir con dignidad, aún cuando las condiciones de la vida saboteen todos los esfuerzos. A él no lo hizo

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